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Salud mental, el fin del estigma

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El 15 de julio de 1974, en plena emisión en directo de su programa de televisión, Christine Chubbuck sacó un revólver del 38 y se pegó un tiro en la cabeza.

Su familia había escondido durante años los problemas de salud mental de la periodista. Se ignoraron las señales de alarma, su carácter depresivo, su comportamiento extraño. Nadie hizo nada. Nadie lo vio venir.

Durante demasiados años hemos hecho gala de una ignorancia grotesca etiquetando como loco a todo aquel que sufría un problema de salud mental. Daba igual si era generado por el acoso, por el estrés, por una pérdida irreparable o por un desequilibrio fisiológico. Una enfermedad silenciosa, sin úlceras, heridas ni cicatrices visibles, que no se manifiesta con tos, fiebre o hinchazón, y que por tanto, nos hacía sospechar o bien que se fingía o bien que se exageraba.

Hemos pasado demasiado tiempo creyendo que acudir a la consulta del psiquiatra era para tipos perdidos, peligrosos, fuera del orden social y presos de esos prejuicios han pasado generaciones y generaciones de falsos cuerdos sin pisar la consulta de un profesional.

¿Y dónde estaba la divulgación? ¿Por qué tanto silencio sobre un tema tan importante? ¿Ni médicos ni Administraciones se daban cuenta que no hablar de algo no hace que desaparezca?

Nos ha faltado entender qué es y qué consecuencias tiene un estrés postraumático, una crisis de ansiedad, una depresión. Como la describe el psiquiatra Luis Rojas Marcos en “Superar la adversidad”: “..es quizá el veneno más nocivo de la resiliencia humana. Agota nuestra energía vital, nos desconecta de los demás, destruye la capacidad de concentración…la esperanza y nos roba los motivos para vivir…”.

Esa ignorancia con la que hemos vivido tantas generaciones tiene muchos cómplices. Los que no quieren contarlo, los que no quieren oírlo y los que no quieren entender.

Pero en la actualidad, con una sociedad más formada y abierta y con la excusa de atribuir a la pandemia todos los males que nos ocupan, hemos abierto la caja de los truenos.

En España, en el último año, hemos asistido al “no me encuentro muy bien… no puedo con mi alma” de Verónica Forqué (con fatal desenlace), a la depresión crónica narrada por Mercedes Milá en primera persona, al testimonio de Angel Martín publicado en su libro “Por si las voces vuelven” y en los últimos días al “de qué me sirve la vida” de Amaia Montero.

Hace poco despertábamos con un titular de periódico donde aseguraban que casi la mitad de los funcionarios de este país consume ansiolíticos y antidepresivos. Apuesto a que muchos han pensado «pero si tienen un trabajo fijo». Ya hemos dado al botón de juzgar, ya hemos sacado el psicólogo que todos llevamos dentro, ¿verdad? Cambia «funcionarios» por cualquier otro gremio y el resultado puede ser el mismo.

Hay que pasar muy ligero por la vida para no haber sufrido nunca estrés o un estado próximo a la ansiedad y si las cosas se ponen realmente feas es muy posible que tarde o temprano se atisben síntomas de depresión. Hay que estar muy atentos para hacerlos frente en el momento y en la compañía adecuada, porque ni usted ni yo, querido lector, estamos libres de vernos en una de esas.

Pero ¿qué es exactamente la salud mental?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), es el estado de bienestar en el que una persona es consciente de sus capacidades, afronta con normalidad las tensiones de la vida y puede trabajar de forma productiva haciendo una contribución a su comunidad.

Y ahora que somos conscientes del lado humano, vayamos a los datos para ilustrar la magnitud del problema desde todos los ángulos.

Más de 84 millones de personas en la Unión Europea tienen alguna patología de salud mental. El coste total de este problema (seguridad social, asistencia sanitaria y bajas laborales) representa el 4% del PIB europeo.

En España el coste se estima en el 4,2% del PIB español y el mayor montante del gasto lo suponen los costes indirectos relacionados con la disminución de la productividad laboral.

Estas patologías suponen un gasto farmacéutico basado principalmente en la prescripción de psicofármacos antidepresivos, seguidos por los ansiolíticos, hipnóticos, sedantes y antisicóticos

La depresión, la ansiedad, el estrés y los trastornos de la alimentación son más comunes en las mujeres y el consumo de sustancias, suicidios y trastornos antisociales son más frecuentes en los hombres. Por supuesto, la violencia de género ocasiona un aumento de los problemas de salud física y mental en la mujer.

Ahora entremos en los centros de trabajo. El estrés, ese compañero de viaje al que parece que no tenemos más remedio que acostumbrarnos, nos perjudica, nos deteriora y hasta nos mata.

En Europa el estrés actúa de una u otra manera en el 60% de los días laborales perdidos y afecta al 22% de los trabajadores, siendo así el segundo problema de salud más común.

Si el 12, 7 % de la población adulta presenta sintomatología depresiva, en el grupo de edad de 75 a 84 años la cifra se eleva hasta el 24,03%

Y es que si recordamos la definición de salud mental de la OMS y notamos cómo aplicarla a personas cada vez más vulnerables, más dependientes, más solas, más numerosas, nos podemos hacer una idea de la gigantesca capacidad de adaptación que deben cultivar nuestros mayores para afrontar las interminables horas de un día.

Y el gran peligro. Nuestros pequeños. Con la disrupción de las nuevas tecnologías y un móvil en cada mano las consecuencias del ciberacoso, la adicción a los videojuegos, los desórdenes derivados del abuso de los instrumentos de pantalla provocan abstinencia, pérdida de control e incluso el llamado “Hikikoromi” que mantiene al sujeto autoconfinado para relacionarse únicamente a través de los medios informáticos.

Y en este punto, en el que los más afectados son los adolescentes, hay que mencionar un problema emergente y creciente, la violencia filioparental, de los hijos hacia los padres.

Todo este surtido de patologías tienen tratamiento. La facultad o habilidad de darse cuenta, asumirlo y ponerse en manos de un especialista es tarea de titanes todavía, porque aún persiste el estigma de catalogar a una persona con un problema de salud mental como si fuese un ciudadano de segunda y hubiera que despojarle de derechos.

La búsqueda de ayuda profesional es el camino correcto. Y la percepción de las señales de alarma son responsabilidad de todos nosotros porque las personas sumidas en un problema de salud mental pueden ver en el suicidio la única salida a un dolor insuperable.

Miremos fíjamente las cifras en Europa y desterremos para siempre lo de mirar para otro lado:

56 mil. Estas son las personas que consumaron su intento de suicidio en un solo año. Muchas más lo intentaron. Son más altos los índices en Lituania, Eslovenia, Letonia y Hungría mientras que los más bajos se registran en el sur de Europa.

Y en España, 2.930 hombres y 1.011 mujeres se suicidaron en el año 2020

Es la primera causa externa de mortalidad y en la etapa adolescente los suicidios pasan de 14 a 300 a partir de los 15 años.

Factores como la pandemia del coronavirus, la crisis económica, las guerras o los desastres naturales que despojan a las personas de su medio de vida, de su sustento y hasta de su dignidad contribuyen como una poderosa fuerza a disparar los casos de problemas de salud mental.

Ante este desolador presente, las autoridades sanitarias elaboraron una hoja de ruta. Se proponen la detección precoz desde el momento en que se presentan los primeros síntomas, centrándose en la persona de forma individualizada, respetando las decisiones y los derechos de los familiares, promoviendo un modelo de atención integral que favorezca la integración social. En los próximos años veremos si estas buenas intenciones se han ejecutado de la manera correcta o si no han llegado a tomar forma más allá de lo escrito en un papel.

De momento se ha elaborado un Plan de Acción de Salud Mental 2022-2024, dotado con 100 millones de Euros, que desarrolla una estrategia a través de varias líneas de actuación basadas en la sensibilización y la lucha contra la estigmatización, la prevención de conductas y la atención integral basada en la persona.

Los compromisos inmediatos son la incorporación de la especialidad de psiquiatría infantil y adolescente a la Formación Sanitaria Especializada, la puesta en marcha del teléfono 024 de atención profesional ante una conducta suicida y las campañas de sensibilización exponiendo sin tapujos a personajes conocidos que reconocen, tratan y vencen patologías mentales, de cualquier índole y gravedad.

Seamos muy conscientes y responsables con lo que advierten los especialistas en salud mental: una persona puede haberse recuperado socialmente, y mantener una vida normal, sin haberse recuperado clínicamente. En algunos casos esto una carrera de fondo.

Les animo a dejar los prejuicios, rancios, antiguos e hirientes en el cajón de los errores que nunca más volveremos a cometer y les invito a ver este corte del capítulo de Modern Love (Amazon Prime Video) en el que la protagonista que sufre trastorno bipolar cuenta su problema a una amiga y se libera de la carga del estigma. El capítulo y la interpretación es sobrecogedora, brillante, no les dejará indiferente.

Fuentes:

Estrategia de salud mental 2022-2024. Ministerio de Sanidad

Historia del Periodismo, J.M. Bielsa-Gibaja, Ed. Almuzara

Superar la Adversidad, L. Rojas Marcos, Ed. Espasa

Encuesta europea de salud en España EESE 2020 https://www.sanidad.gob.es/estadEstudios/estadisticas/EncuestaEuropea/EncuestaEuropea2020/EESE2020_inf_evol_princip_result.pdf

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